Columna de opinión por Mauricio González*

Hannah Arendt afirma que negar a un sujeto por sus características personales o las manifestaciones de éstas es negar, al fin y al cabo, la condición humana o la humanidad propiamente tal. Además de ello, cuando se ejecutan acciones violentas contra una persona que es estigmatizada por sus rasgos físicos o por sus expresiones, tal violencia no se ejerce contra ella propiamente, sino más bien contra su “careta”. Así lo entendía, por ejemplo, la CIA cuando torturaba a un “comunista” o “humanoide”; así también lo entendía la Alemania Nazi cuando enviaba a “judíos” y a “triángulos rosa” a la cámara de gas. No era Agustín -el padre, el tío y/o estudiante, etc.-, no era el sujeto singular el que padecía dicha violencia, sino el “comunista”, el “homosexual” y/o el “judío”.

Tal mediocridad de las acciones humanas nos indica que la “verdad política” ha fracasado y que se ha instaurado, entonces, una opinión como verdad única o omnicomprensiva, la que manipula la compresión de la realidad a través de la negación de la diferencia en pos de la homogenización de la comunidad y su estandarización.

Me gustaría detenerme en lo anteriormente planteado. La verdad política se construye a través del dialogo o doxai, no se impone, a diferencia de la verdad lógica y racional, de forma arbitraria: dos más dos son 4, ello ni «Dios» lo puede cambiar. En primera instancia, la veracidad política surge en el dialogo, esto es, en el intercambio de ideas y formas de “parecer del mundo” que al someterlas al espacio público y, paralelamente, a la interacción dentro de una sociedad diversa y plural, permite, finalmente, la construcción de una verdad política.

En relación a lo anterior, podríamos plantear que la orientación sexual (no me atrevería decir aún la identidad de género) no es cuestionada en tanto manifestación humana, por lo menos por una parte importante de la clase política, representación de cómo se construyó una verdad política desde el proceso de transición hasta la fecha en nuestro país. Es decir, la ardua batalla legal de los primeros movimientos no heterosexuales por despenalizar la homosexualidad en 1998 significó que hoy no exista un cuestionamiento respecto a la autonomía de lxs individuxs considerados desde una condición homosexual o lésbica. Sin embargo, podríamos señalar que tal aceptación sólo se da en la medida en que tales individuxs no son interpretadxs como seres humanos, sino como caretas. Por ello las demandas de igualdad de derecho por parte de la diversidad sexual siguen en la actualidad vigentes. En otras palabras, la transversalidad de aceptación de la orientación sexual tiene un límite, impuesto por la clase política, en el momento de abrir la posibilidad de igualdad real, pues la apertura del espacio de discusión no se hace bajo la base de la legitimización de la diferencia, y por ello de la aceptación de la condición humana de estos individuos (“vivimos juntos pero somos diferentes, pero tanto tú como yo somos seres humanos”), sino más bien se hace bajo la verbalización de las caretas mencionadas. Así, por ejemplo, Agustín “es homosexual”, y luego es “Agustín”, pero tampoco es “Agustín” propiamente tal, sino el “homosexual Agustín”.

La discusión en el Congreso gira en torno a si homosexuales, lesbianas, trans, bisexuales, etc., pueden optar o no a “beneficios legales” o a una que otra ley, pero no en respetar un derecho ya consagrado: “todos nacen libres e iguales en dignidad y derecho”. Podríamos preguntarnos por qué se da tal situación. La respuesta es porque en primera instancia se considera la orientación sexual del individuo y sólo después la persona en sí: “dime con quién te acuestas y te diré quién eres”. De esta forma se constituyen ciudadanxs de primera o segunda categoría.

En suma, en el debate actual se niega la condición humana de cada persona, se niega su condición de vivir en comunidad, porque la negación de la diversidad sexual no compromete sólo a lxs históricamente marginadxs individuxs de orientación sexual o identidad de género diversa, sino también es la negación de “todxs” nosotrxs, de la pluralidad y la diversidad propia de nuestra sociedad.

* Mauricio González es estudiante de Ciencia Política


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