Por Monique Wittig (traducido por Sérgio Vitorino)

En nuestras mentes y en nuestros cuerpos, somos llevadas a corresponder, característica a característica, a la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras; tan pervertida que nuestro cuerpo deformado es lo que ellos llaman ‘natural’, lo que supuestamente existía antes de la opresión; tan distorsionada que a fin de cuentas la opresión parece ser una consecuencia de esta ‘naturaleza’, dentro de nosotras mismas (una naturaleza que es solamente una idea). Simone de Beauvoir afirmó: ‘Una no nace, pero se hace una mujer. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esta creatura intermedia entre macho y eunuco, que es descrita como femenina’.

El enfoque feminista/materialista de la opresión de las mujeres, acaba con la idea que las mujeres son un ‘grupo natural’: ‘un grupo racial de un tipo especial, un grupo concebido como natural, percibidos como un grupo de hombres materialmente específicos en sus cuerpos’. Lo que el análisis consigue al nivel de las ideas, la practica torna actual en el nivel de los hechos: por su propia existencia, la sociedad lesbiana destruye el hecho artificial (social) que apunta las mujeres como ‘un grupo natural’. Una sociedad lesbiana revela que la división en relación a los hombres, de los cuales las mujeres han sido un objeto, es política y muestra que hemos sido ideológicamente reconstituidas como un ‘grupo natural’. En el caso de las mujeres, la ideología llega lejos ya que nuestros cuerpos, así como nuestras mentes, son el producto de esta manipulación. En nuestras mentes y en nuestros cuerpos, somos llevadas a corresponder, característica a característica, a la idea de naturaleza que ha sido establecida para nosotras; tan pervertida que nuestro cuerpo deformado es lo que ellos llaman ‘natural’, lo que supuestamente existía antes de la opresión; tan distorsionada que a fin de cuentas la opresión parece ser una consecuencia de esta ‘naturaleza’, dentro de nosotras mismas (una naturaleza que es solamente una idea). Lo que un análisis materialista hace con base en el razonamiento, una sociedad lesbiana cumple prácticamente: no sólo no hay un grupo natural llamado ‘mujer’ (nosotras lesbianas somos la prueba de eso), pero, como individuas, también cuestionamos ‘mujer’ que, para nosotras-como para Simone de Beauvoir-es sólo un mito. Ella afirmó: ‘Una no nace, pero se hace una mujer. No hay ningún destino biológico, psicológico o económico que determine el papel que las mujeres representan en la sociedad: es la civilización como un todo la que produce esta creatura intermedia entre macho y eunuco, que es descrita como femenina’.

Sin embargo, la mayoría de las feministas y feministas-lesbianas en América y otras partes, aún consideran que la base de la opresión de las mujeres es biológica e histórica. Algunas de ellas pretenden encontrar sus raíces en Simone de Beauvoir. La creencia en el matriarcado y en una ‘prehistoria’ cuando las mujeres crearon la civilización (a causa de una predisposición biológica), mientras los hombres toscos y brutales hombres cazaban, es simétrica a la interpretación biológica de la historia hecha, hasta hoy, por la clase de los hombres. Es aún el mismo método de buscar en los hombres y las mujeres una explicación biológica para su división, excluyendo los hechos sociales. Para mi, esto no podría constituir nunca un análisis lésbico de la opresión de las mujeres porque se supone que la base de nuestra sociedad o de su inicio, esta en la heterosexualidad. El matriarcado no es menos heterosexual que el patriarcado: sólo el sexo del opresor muda. Además, no solamente esta concepción es aún presa de las categorías del sexo (hombre/mujer), sino que se aferra a la idea de que la capacidad de dar a luz (o sea, la biología) es lo que define a una mujer. No obstante que los hechos prácticos y los modos de vida contradigan esta teoría en la sociedad lesbiana, hay lesbianas que dicen que ‘las mujeres y los hombres son especies distintas o razas: los hombres son biológicamente inferiores a las mujeres; la violencia de los hombres es una inevitabilidad biológica’. Al hacer esto, al admitir que hay una división ‘natural’ entre mujeres y hombres, naturalizamos la historia, asumimos que ‘hombres’ y ‘mujeres’ siempre han existido y siempre existirán. No sólo naturalizamos la historia sino también, en consecuencia, naturalizamos el fenómeno social que expresa nuestra opresión, haciendo el cambio imposible. Por ejemplo, no se considera el embarazo como una producción forzada, sino como un proceso ‘natural’, ‘biológico’, olvidando que en nuestras sociedades la natalidad es planeada (demografía), olvidando que nosotras mismas somos programadas para producir progenie, mientras es la única actividad social, «con la excepción de la guerra», que implica tanto peligro de muerte. Así, mientras seamos «incapaces de abandonar, por voluntad o impulso, un compromiso de toda la vida y de siglos, de producir niñ@s como el acto creativo femenino’, ganar el control sobre esa producción significará mucho más que el simple control de los medios materiales de ella: las mujeres tendrán que abstraerse de la definición ‘mujer’ que les es impuesta.

Una visión materialista muestra que lo que nosotras consideramos la causa y orígen de la opresión, es solamente un mito impuesto por el opresor: el ‘mito de la mujer’ y sus manifestaciones y los efectos materiales en la conciencia apropriada y el apropriado cuerpo de las mujeres; asímismo, ese mito no antecede a la opresión: Colette Guillaumin ha demonstrado que antes de la realidad socio-económica de la esclavitud negra, el concepto de la raza no existía, o por lo menos, no tenía su significado moderno, pues estaba aplicado a la linaje de las famílias. Sín embargo, hoy, la raza, tal como el sexo, es entendido como un «hecho inmediato», «sensible» , «características físicas» que pertecen a una orden natural. Pero, lo que nosotras creemos que es una percepción directa y física, no es más que una construción sofisticada y mítica, una ‘formación imaginária’ que reinterpreta trazos físicos (en si mismos tan neutrales como cualesquiera otros, pero marcados por el sistema social) por medio de la red de relaciones en las cuales ellas son vistas. (Ellas son miradas como negras, por eso son negras; ellas son miradas como mujeres, por eso son mujeres. Pero, antes de que sean vistas de esa manera, ellas tuvieron que ser hechas así). Las lesbianas deben recordar y admitir siempre cómo ser ‘mujer’ era tan ‘innatural’, totalmente opresivo y destructivo para nosotras en los viejos tiempos antes del movimiento de liberación de las mujeres. Era una constricción política y aquellas que le resistÍan eran acusadas de no ser mujeres ‘verdaderas’. Pero entonces quedábamos orgullosas de eso, porque en la acusacion estaba ya algo como una sombra de triunfo: el consentimiento, por el opresor, de que ‘mujer’ no era un concepto tan simple (para ser una, era necesario ser una ‘verdadera’). Al mismo tiempo, eramos acusadas de querer ser hombres. Hoy, esta doble acusación ha sido retomada con entusiasmo en el contexto del movimiento de liberación de las mujeres, por algunas feministas y también, por desgracia, por algunas lesbianas cuyo objectivo político parece ser volverse cada vez más ‘femininas’. Pero rehusar ser una mujer, sin embargo, no significa tener que ser un hombre. Además, si tomamos como ejemplo el perfecto ‘butch’ (hiper masculino) -el ejemplo clásico que provoca más horror-a quien Proust llamó una mujer/hombre, ¿,en qué difiere su enajenación de alguien que quiere volverse mujer? Son gemelos siameses. Por lo menos, para una mujer, querer ser un hombre significa que escapó a su programación inicial. Pero, aún si ella, con todas sus fuerzas, se esfuerza por lograrlo, no puede ser un hombre, porque eso le exigiria tener, no sólo una apariencia externa de hombre, sino también una conciencia de hombre, o sea, la conciencia de una que dispone, por derecho, de dos-si no más-esclavos ‘naturales’ durante su tiempo de vida. Esto es imposible, y una característica de la opresión de las lesbianas consiste, precisamente, en colocar a las mujeres por fuera de nuestro alcance, ya que las mujeres pertenecen a los hombres.

Así, una lesbiana tinene que ser cualquier otra cosa, una no-mujer, un no-hombre, un producto de la sociedad y no de la naturaleza, porque no hay naturaleza en la sociedad.

El recurso en convertirse (o mantenerse) heterosexual siempre significó rechazar convertirse en un hombre o una mujer, concientemente o no. Para una lesbiana esto va más lejos que el recurso del papel ‘mujer’. Es el recurso del poder económico, ideológico y político de un hombre. Esto, nosotras lesbianas, y tambiém no-lesbianas, ya sabíamos antes del inicio de los movimientos feministas y lésbicos. Sín embargo, como hace notar Andrea Dworkin, muchas lesbianas recientemente ‘intentaron transformar la propia ideología que nos esclavizó en una en una celebración dinámica, religiósa, psicologicamente coercitiva del potencial biológico femenino’. Así mismo, algunas avenidas de los movimientos feminista y lésbico conducen de nuevo al mito de la mujer creada por el hombre, especialmente para nosotras, y con él nos ahondamos otra vez en un grupo natural. Despues de que hemos tomado posición por una sociedad sin sexos, ahora nos encontramos presas en el familiar callejón sin salida de ‘ser mujer es maravilloso’. Simone de Beauvoir subrayó particularmente la conciencia falsa que consiste en selecionar entre las características del mito (que las mujeres son distintas de los hombres) aquellas que se parecen bien y usando-las como definicion para mujer. Lo que el concepto ‘mujer es maravilloso’ cumple es instituir, para definir mujer, las mejores características (mejores de acuerdo con quien?) que la opresión nos garantizó, y no cuestiona radicalmente las categorias ‘hombre’ y ‘mujer’, que son categorias políticas y no hechos naturales. Esto nos pone en la posición de luchar dentro de la clase ‘mujeres’, no como hacen las otras clases, por la disparicion de nuestra clase, pero para defender las ‘mujeres’ y su fortalecimiento. Nos conduce a desarrollar con complacencia ‘nuevas’ teorias sobre nuestra especificidad: así, llamamos a nuestra pasividad ‘no-violencia’, cuando nuestra lucha más importante y emergente es combatir nuestra pasividad (nuestro miedo, justificado). La ambiguidad de la palabra ‘feminista’ resume toda la situación. Que significa ‘feminista’? Feminismo es formada por las palabras ‘hembra’, ‘mujer’, y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras, significa una que lucha por las mujeres y su defensa-por el mito, por tanto, y su fortalecimiento. Pero porque ha sido escogida la palabra ‘feminista’ si es tan ambígua? Elegimos llamarnos feministas hace diez años, no para apoyar o fortalecer el mito de lo que es ser mujer, no para identificarnos con la definición del opresor de nosotras, pero para afirmar que nuestro movimiento contaba con una história y para subrayar el lazo político con el viejo movimiento feminista.

Así, es este movimiento que podemos poner en cuestión por el siginificado que ha dado al feminismo. Ocurre que el feminismo del siglo pasado no fue capaz de solucionar sus contradiciones en los temas de naturaleza/cultura, mujer/sociedad. Las mujeres empezaron a luchar por si mismas como un grupo y consideraron acertadamente que compartían trazos comunes como resultado de la opresión. Pero, para ellas, estos trazos eran más naturales y biológicos que sociales. Ellas fueron tan lejos como adoptar la teoría darwinista de la evolución. Sín embargo, no creían, como Darwin, ‘que las mujeres eran menos desarrolladas que los hombres, pero creían, sí, que la naturaleza tanto del macho como de la hembra habían divergido en el curso del proceso evolutivo y que la sociedad en general reflejaba esta polarización’. ‘El fracaso de las primeras feministas fue que solamente atacaron la idea Darwinista de la inferioridad de la mujer, pero acceptaron los fundamentos de esta idea- o sea, la visión de la mujer como ‘única’. Y, finalmente, fuerón las mujeres estudiantes-y no las feministas-que acabaron con esta teoria. Pero las primeras feministas fracasaron en no mirar hacia la história como un proceso dinámico que se desarrolla en base a conflitos de intereses. Más, ellas aún creían, como los hombres, que la causa (orígen) de su opresión quedaba dentro de si mismas. Y, por eso, después de algunos triunfos increíbles, las feministas se encontrarón frente a un impasse, sin aparentes razones para luchar. Ellas sustentaban el princípio ideológico de la ‘equalidad en la diferencia’, una idea que hoy está renaciendo. Ellas cayeron en la trampa que hoy nos amenaza otra vez: el mito de mujer.
Así, es nuestra tarea histórica, y solo nuestra, definir en términos materialistas lo que es opresión, para hacer evidente que las mujeres son una clase, lo que significa que las categorias ‘hombre’ y ‘mujer’ son categorias políticas y económicas y no eternas. Nuestra lucha intenta hacer desaparecer hombres como clase, no con un genocídio, pero con la lucha política. Cuando la clase ‘hombres’ desaparece, ‘mujeres’ como clase desaparecerán también, porque no hay esclavos sin señores. Nuestra primera tarea, al parecer, es siempre disasociar por completo ‘mujeres’ (la clase dentro de la cual luchamos) y ‘mujer’, el mito. Porque ‘mujer’ no existe para nosotras: es solo una formación imaginaria, mientras ‘mujeres’ es producto de una relación social. Hemos sentido esto fuertemente cuando, en todas partes, nos rechazamos ser llamadas ‘movimiento de liberación de la mujer’. Más aún, tenemos que destruir el mito dentro y fuera de nosotras. ‘Mujer’ no es cada una de nosotras, sino la formación política y ideológica que niega ‘mujeres’ (el producto de una relación de exploración). ‘Mujer’ existe para confundir-nos, para ocultar la realidad ‘mujeres’. Para que seamos concientes de sermos una clase, y para nos convertirmos en una clase, tenemos primero que matar el mito de ‘mujer’, incluyendo a sus razgos más seductores (pienso en Virginia Wolf cuando ella dice que la primera tarea de una mujer escritora es ‘matar al angel en la casa’). Pero, para que seamos una clase, no tenemos que aniquilar nuestra individualidad y, como ningún indivíduo puede ser reducido a su opresión, somos también confrontadas con la necesidad histórica de constituirnos a nosotras mismas como el sujeto individual de nuestra história también. Creo que esta es la razón porque todas estas tentativas de dar ‘nuevas’ definiciones a la mujer, están florecendo ahora. Lo que esta en juego (y, claro, no sólo para las mujeres) es una definición individual, así como una definición de clase. Porque, cuando una admite la opresión, necesita saber y experimentar el hecho de que una puede ser su proprio sujeto (en contrapartida a un objeto de la opresión), que una puede convertirse en alguien. No obstante la opresión, que una tiene una identidad propria. No hay lucha posible para alguien privado de una identidad; carece de una motivación interna para luchar, porque, no obstante yo solo puedo luchar solamente con otros, lucho sobre todo por mí misma.

La cuestión del sujeto individual es historicamente una cuestión dificil para todos. El marxismo, último avatar del materialismo, la ciencia que nos formó politicamente, no quiere oír nada sobre el ‘sujeto’. El marxismo rechazó el sujeto transcendental, el sujeto como constitutivo del conocimiento, la ‘pura’ consciencia. Todo ser que piensa por si mismo, previa a cualquier experiencia, acabó en la basura de la historia, porque prenendía existir por encima de la materia, antes de la materia, y necesitaba Dios, espírito, o alma para existir de esa manera. Esto es lo que se llama ‘idealismo’. En cuanto a los individuos, ellos son sólo el producto de relaciones sociales y, por eso, su conciencia solamente puede ser ‘enajenada’. (Marx, en La Ideologia Alemana, dice, precisamente, que los individuos de la clase dominante también son enajenados, siendo ellos mismos los productores directos de las ideas que enajenan las clases oprimidas por ellos. Pero, como sacan óbvias ventajas de su propia enajenación, ellos pueden soportarla sin mucho sufrimiento.) La consciencia de clase existe, pero es una conciencia que no se refiere a un sujeto particular, excepto mientras que participa en condiciones generales de explotación, al mismo tiempo que los otros sujetos de su clase, todos compartiendo la misma consciencia. En cuanto a los problemas prácticos de clase-fuera de los problemas de clase tradicionalmente definidos- que uno/a puede encontrar (por ejemplo, problemas sexuales), ellos fueron considerados problemas ‘burgueses’ que desaparecerían al triunfo final de la lucha de clases. ‘Individualista’, ‘subjetivista’, ‘pequeño burgués’, estos fueron las etiquetas aplicadas a cualquier persona que expresara problemas que no pudieran reducrsie a la ‘lucha de clases’ misma.

Así, el marxismo ha negado a los integrantes de las clases oprimidas el atributo de sujetos. Al hacer esto, el marxismo, por causa del poder político y ideológico que esta ‘ciencia revolucionária’ ejercia sin mediaciones sobre el movimiento obrero y todos los otros grupos políticos, ha impedido todas las categorías de personas oprimidas se constituyen históricamente como sujetos (sujetos de su lucha, por ejemplo). Esto significa que las ‘masas’ no luchaban por ellas mismas sino por el partido o sus organizaciones. Y cuando una transformación económica ocurrió (fin de la propiedad privada, constitución del estado socialista), ningun cambio revolucionario tuvo lugar en la nueva sociedad, porque las personas mismas, no habian cambiado.
Para las mujeres, el marxismo tuvo dos resultados. Les hizo imposible tener la conciencia de que eran una clase y por lo tanto de constituírse como una clase por mucho tiempo, abandonando a relación ‘mujer/hombre’ fuera del orden social, haciendo de ella una relación natural, sin duda, para los marxistas, la única relación vista de ésta manera, junto con la relación entre mujeres e hijos, y finalmente ocultando el conflicto de clase entre hombre y mujer detras de una división natural del trabajo (La Ideología Alemana). Esto concierne al nivel teórico (ideológico). En el nivel práctico, Lenin, el partido, todos los partidos comunistas hasta hoy, incluyendo a todos los grupos politicos más radicales, ha reaccionado siempre contra cualquier tentativa de las mujeres para reflejar y formar grupos basados en su propio problema de clase, con acusaciones de divisionismo. Al unirse, nosotras las mujeres, dividimos la fuerza del pueblo. Esto significa que, para los marxistas, las mujeres pertenecen ya sea a la clase burguesa o a la clase obrera, o en otras palabras, a los hombres de esas clases. Más aun, la teoría marxista no concibe a las mujeres, como a otras clases de personas oprimidas, que se constituyan en sujetos históricos, porque el marxismo no toma en cuenta que una clase también consiste en indivíduos, uno por uno. La conciencia de clase no es suficiente. Tenemos que intentar entender filosóficamente (políticamente) estos conceptos de ‘sujeto’ y ‘conciencia de clase’ y cómo funcionan en relación con nuestra história. Cuando descubrimos que las mujeres son objetos de opresión y apropriación, en el momento exacto en que nos volvemos capaces de reconocer esto, nos convertirmos en sujetos en el sentido de sujetos cognitivos, por medio de una operación de abstracción. La conciencia de la opresión no es sólo una reacción a (luchar contra) de la opresión. Es también toda la revaluación conceptual del mundo social, su total reorganización con nuevos conceptos, desde el punto de vista de la opresión. Es lo que yo llamaria la ciencia de la opresión creada por los oprimidos. Esta operación de entender la realidad tiene que ser emprendida por cada una de nosotras: llamemosla una práctica subjetiva y cognitiva. El movimiento para adelante y para atrás entre los niveles de la realidad (la realidad conceptual y la realidad material de la opresión, ambas realidades sociales) se consigue por medio del lenguaje.

Somos nosotras que históricamente tenemos que realizar esa tarea de definir el subjeto individual en términos materialistas. Seguramente esto parece una imposibilidad, porque el materialismo y la subjetividad siempre ha sido recíprocamente excluyentes. Sín embargo, y en lugar de perder la esperanza de llegar a entender alguna vez, tenemos que reconocer la necesidad de alcanzar la subjetividad en el abandono por muchas de nosotras del mito de ‘la mujer’ (que es sólo una trampa que nos detiene). Esta real necesidad de cada una de existir como indvíduo, y también como miembra de una clase, es tal vez la primera condición para que se consume una revolución, sín la cual no hay lucha real o transformación. Pero el opuesto también es verdad tambien; sín clase y conciencia de clase no hay verdaderos sujetos, solamente indivíduos enajenados. Para las mujeres, responder a la cuestión del sujeto individual en términos materialistas consiste, en primer lugar, en monstrar, como lo hicieron las feministas y las lesbianas, que los problemas supuestamente ‘subjetivos’, ‘individuales’ y ‘privados’ son, de hecho, problemas sociales, problemas de clase; que la sexualidad no es, para las mujers, una expresión individual y subjetiva, sino una institución social de violencia. Pero una vez que hayamos mostrado que todos nuestros problemas supuestamente personales son, de hecho, problemas de clase, aún nos quedará responder al asunto de toda mujer singular singular-no del mito, sino de cada una de nosotras. En este punto, digamos que una nueva y subjetiva definición para toda la humanidad, puede ser encontrada mas allá de las categorias de sexo (mujer y hombre) y que el surgimiento de sujetos individuales exige arruinar primero las categorias de sexo, eliminando su uso, y rechazando todas las ciencias que aún las utilizan como sus fundamentos (practicamente todas las ciencias).

Destruir ‘mujer’ no significa que nuestro proposito consiste, si no en la destrucción fisica, arruinar el lesbianismo simultáneamente con las categorias de sexo, pues el lesbianismo ofrece, de momento, la única forma social en la cual podemos vivir libremente. Lesbiano es el unico concepto que conozco que está mas allá de las categorias de sexo (mujer y hombre), pues el sujeto designado (lesbiano) nos es una mujer, ni económicamente, ni politicamente, ni politicamente, ni ideologicamente. Pues lo que que hace una mujer es una relación social específica con un hombre, una relación que hemos llamado servidumbre, una relación que implica una obligación personal y física y también económica (‘residencia forsoza’, trabajos domésticos, deberes conyugales, producción ilimitada de hijos, etc.), una relación a la cual las lesbianas escapan cuando rechazan volverse o seguir siendo heterosexuales. Somos prófugas de nuestra clase, de la misma manera en que los esclavos americanos fugitivos lo eran cuando se escapaban de la esclavitude y se liberaban. Para nosotros esta es una necesidad absoluta; nuestra supervivencia exige que contribuyamos con toda nuestra fuerza para destruir clase de las mujeres en la cual los hombres se apropran de las mujeres. Esto puede ser alcanzado sólo por la destrucción de la heterosexualidad como un sistema social basado en la opresión de las mujeres por los hombres y que produce la doctrina de la diferencia entre los sexos para justificar esta opresión.